lunes, 14 de marzo de 2011

Queda


¿Qué hacer cuando el presente se tiñe del sucio pasado? 
                       
Cuándo las agujas del reloj se traban y desaparecen,             
Cuándo el humo ya intoxica las paredes y tatúa grises nubes a un cielo humano.

Queda emborracharse de nostalgia,
                 sufrir las dolorosas ausencias,
                 comer papel oxidado de lágrimas negras
                 y             
                 satisfacerse del néctar alcalino que se desborda de los tejidos rotos.

Queda encender velas turquesas y jugar con la frívola llama que dibuja sombras para que la soledad se disipe.

Queda descomponer las antenas y aislarse en una nebulosa de llanto que se atraganta negándose a salir.

Queda masticar recuerdos para regurgitarlos y manchar los alrededores de incongruencias.

Queda tratar de no sentir este sentimiento.

lunes, 7 de marzo de 2011

Lluvia

La lluvia cae  y golpea los retazos de espejos rotos que cortan mi imagen.  Mi anatomía desdibujada se funde en el vapor obsceno de las nubes y puedo crear miles de seres que no soy yo. 

Y comienzo a conjugar espejismos fugaces, y transformo el reflejo en una ilusión aleatoria que sonríe mostrando los dientes y frota sus manos en actitud agresiva y desafiante.

La lluvia cae y rebota en mis esperanzas y se tiñe y se desconfigura.  Es una melodía agobiante y monótona.  Sólo el viento puede desarmarla y así choca contra la pared que miro sin ver. 

Y busco escribir tu nombre con agua, pero el declive de tu ausencia borras mis intentos vanos.

Y la lluvia se me antoja caprichosa y tal vez morbosa. 

¿Qué diferencia existe entre una gota y miles?
¿Qué clase de melancolía barata encierra cada lágrima transparente que al hacerse trisas contra el pavimento gime indecorosamente?

Si por un minuto pudiéramos lograr que el agua no tocara el piso,

¿Diríamos que ha llovido?

Porque para saber si llueve miramos hacia abajo y no hacia arriba.  Consideramos que ha llovido cuando vemos el parque mojado o cuando escuchamos nuestros pasos rápidos sobre una vereda mojada.

Entonces se a ciencia cierta que mientras no pueda sentir tu llanto golpeando sobre mi cuerpo, no estas conmigo.

sábado, 12 de febrero de 2011

Dulce apología.


La seda sale de su pequeño recinto silencioso, deslizándose sutilmente entre los dedos, con la fragilidad del ala de una mariposa que emprende por primera vez su viaje hacia un destino incierto.

Blanca, sensual, tentadoramente sensible al tacto…la miro.

Trato de no herir su pura virginidad con grafito suave y escribo sobre su cuerpo los pensamientos que nadie debe saber, el caos personal, la lucha constante de mi ello y el súper yo de mi sombra.  Dibujo sobre ella las palabras más tristes y su color de nube se va tornando grisáceo, como si captara el color de mis pensamientos insomnes.  He profanado su color magistral y busco para ella el destino mejor, algo que la elevará, que la volverá sublime.  Y nada más purificador que la llama roja que la haga resurgir de entre su propia ceniza.

Vuelvo pequeña un trozo de naturaleza que aromatiza mi espacio, que va descansando sobre ese trozo de papel pervertido por mis manos.  Y las letras se van amoldando a la silueta de ese pedacito de mundo que se extiende parejo, como respetando leyes universales desconocidas.

Sello con mi boca la combinación exacta, en un beso casi eterno que amalgama sentires y deseos de no sentir.  Una anatomía perfecta, una fortaleza, descansa inerte sobre la palma de mi mano que simula un altar pagano.
La luna en lo alto brilla claramente, creando sombras que danzan al ritmo de un viento calmo que suaviza la escena.  Mil aromas se entremezclan voluptuosos, ansiosos por estar presentes en el ritual mágico que se desprende de mi atmósfera.

La chispa antecede a la llama que le da una coloración diferente a la noche.  Vuelvo a besar mi creación y las palabras que teñían el papel se  dispersan por el interior de mi cuerpo, se esparcen de Norte a Sur, de Oeste a Este.  Mi boca es la puerta de entrada para las letras que hace instantes salieron.  Por un momento la carne sucumbe, tiembla ante el poderío que es la propia Madre y comienza así la simbiosis instantánea, como si de repente el cuerpo se desvaneciera en susurros, en voces ajenas y el rito solitario de la auto-exploración mental se da por iniciado.

Todo renace para volver a disolverse en un espacio sin limitaciones y las expresiones se crean rápidamente para morir nuevamente en la seda que se quema y el ciclo continúa con cada inspiración-espiración.  Hasta que una imagen se tatúa, perdura un tiempo inconmensurable y sólo basta con dejar que las manos dibujen lo que el alma grita.

El silencio llega de repelente para lastimar los oídos.  Los ojos pesados se cierran y las palabras calcinadas ya circulan para depositarse en el  fondo de la nada, para volver al estado tortuoso de cruel realidad que me sume en un sueño liviano plagado de recuerdos y dolores.

martes, 1 de febrero de 2011

El después aterroriza


Miles de minutos mirando la hoja en blanco, inmovilizada por una fuerza incongruentemente poderosa, paralizados los dedos, conjunto de carne y nada inerte.
Ni un movimiento perceptible, o no.  La pluma apoyada metódicamente sobre el dedo medio y apenas sujetado en una pseudopinza construida con el pulgar y el índice.  Pero inmóvil, casi al acecho.
Segundo eterno antes de la voz de “Apunten, Fuego”, es el silbante sonido del hacha, que en manos del verdugo se descarga sobre una nuca desnuda.  Es mirar desde lo alto, caída inminente y recordar que evolucionamos sin alas ni hueso livianos.

El después aterroriza.


La mano en movimiento y el papel se llena convulso, insaciable, absorbiendo de a poco los dedos que van desapareciendo entre palabras, paréntesis, entre superficies que se extinguen, que se abrazan hasta devorarse y así el resto del cuerpo, luego la muñeca que lucha, quiere zafarse, pero el papel la llama y así logra succionar el antebrazo que es fuerte, pero no tanto y no opone mayor resistencia.  Brazo, hombro y omóplato son tragados casi por inercia, casi convencidos de lo inevitable.
Casi diría que no creo, pero creo y en eso se cuela entre el cuadriculado mi cabeza, sin respetar mis razones.  Perder entre el papel el miembro superior derecho no es tan drástico, pero tragar mi cabeza es suficientemente complejo para no prestar atención.  El vortex de papel succiona sin piedad alguna y después sólo quedan los pies; siempre me dijeron que los pies funcionan mejor en la tierra, pero parecen hacer oídos sordos a los principios básicos de la física y todo esto que era, ahora ya no es más.
Entiendo que se pensará en la poca seriedad del escrito, se pondrá en tela de juicio mi palabra y hasta es probable que la burocracia queme los papeles.
Que será de mi dentro del papel; por lo menos, se siente casi igual, salvo los poderes.  ¿Poderes dije? Nada especial, solo que de este lado se puede volar, crear y hasta morir cuando se mueve la mano.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Tus ojos/hojas.


Un libro pequeño del color hechizante de la noche.

Hoy te tengo en un libro y son sus páginas tus brazos y son sus palabras tu voz.

Hoy me aferro a tu estructura impresa en Buenos Aires.

Hoy te quiero sólo para mí, como todos los días, y recorro tu cuerpo-hoja con mis dedos manchados de recuerdos, con mis ojos húmedos de tu risa.

Me pierdo en un ir y venir de metáforas prestadas mientras mi atmósfera se envicia de humo y perfume.

Hoy te tengo en un libro, ese que leíamos de noche entre caricias mágicas, ese mismo que una noche se volatilizo en mil palabras azules, te tengo sobre el pecho desde donde te miro, y mis manos te rozan delicadamente.

Entonces la cubierta se vuelve piel y las palabras cobran vida trayendo tu voz a mis oídos.

Y así me duermo, mientras las hojas mutan haciéndote palpable a mis sentidos que se van despidiendo de la realidad y dejás de ser libro inerte para acurrucarte en la amalgama que forman mis brazos con las sábanas, sábanas cansadas de sostener mi cuerpo frió y solitario.  Entonces nos fundimos en un solo suspiro ahogado de kilómetros, deseando no despertar del sueño que soñamos por separado, tal vez que sueño que soñás.

Despierto sin querer abrir los ojos y la cama vacía y enmarañada me vuelve de un tirón a la realidad cruda de tu ausencia.  Busco a tientas ese maldito libro aún cálido por mi abrazo prolongado, lo abro en la página de siempre, en el poema de siempre, el que leíste para mí con tu voz más dulce mientras, hipnotizada, recorría cien veces y una más tu rostro con mis ojos.

Y así comienzo el día, escuchándote susurrar desde las páginas blancas de ese, mi eterno compañero de  cama.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Para vos


 Accidentada geografía, resquebraja esta coraza, debilita este muro levantado sobre cimientos obscenos, filtra en tus grietas la esencia que se escapa.


Quiero sanar tu geografía. 



Deja a mis ojos curar esa solución de continuidad que te recorre.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Ella

La luna pasó lento por su espalda de porcelana dándole paso a los primeros vestigios de ese amanecer no deseado que la regresa a la realidad, realidad cruda, de verdades escondidas tras el manto hipócrita de su sonrisa desdibujada y lastimosa, oscura como la noche que se disipa escondiendo las estrellas tras el celeste pastel que se le antoja mentiroso.

Sus ojos corridos de rimel, aliento de tabaco y cerveza.  Los pasos de sus tacos apenas sostenidos se hacen sentir en la acera aún húmeda y siente cada paso como una cercanía macabra, a veces sueña con el hecho de volar y volatilizarse confundiéndose con mil respirares que no son suyos…y desaparecer.  Siente el  rocío de la mañana como sus propias lágrimas negras y la humedad fría sube por sus piernas carentes de cubierta y desea cientos de vidas diferentes a la que trascurre, piensa y repiensa y camina lentamente mientras las cenizas de su cigarrillo van marcando su andar tambaleante de brazos cruzados y cabeza gacha.  Su mano derecha siente el frío como agujas, pero no deja de fumar compulsivamente.  Imagina sus órganos nadando en alcohol acuoso que se va solidificando, provocándole espasmos dolorosos que la hacen encorvarse un poco más, mientras camina sin detenerse, mientras lleva una vez más el cigarro a sus labios petrificados y sobrados de labios ajenos.

El tramo hasta el río se hace eterno y el trino de los pájaros parece aturdirla más que los bocinazos y la avalancha de ruidos sin eco de ese antro gris  donde va a disfrazar sus verdades y a coquetear con los tontos.  El agua sobremanera oscura le inspira mil analogías que en algún momento escribirá sobre arena.  Las calles son un laberinto que conoce y no le teme al Minotauro que puede aparecer en cualquier esquina herrumbrada de sol joven.  Se arrepiente de haber prostituído sus ideales en el lugar donde los cuerpos chocan y la carne se quema de música, volumen y sudor.  Conoce otras cabezas, mientras más se desconoce ella misma, y busca buscarse donde sabe  no va a hallarse.  Deja caer sus formas en brazos que la lastiman sin dolor, pero no lo sabe y sale brillando una luz impropia, pero no lo sabe.

Atrás quedaron sus amigas de la noche que se esfumaron junto con la luna y siente la soledad arraigada a sus uñas despintadas.  Mira y cuestiona, se cuestiona.  Piensa en esas personas vampiros que se chupan sus minutos inocentes y desesperados.  Siente que nadie la merece, que su existencia mágica-maldita cumple una ley monárquica que no sabe determinar y vuelve a sentirse sola, miserable y vulnerable.

Casi las ocho am y el frío se hace notar en el muelle, sus pocas ropas insinuantes se mueven al compás de su cuerpo sumido en temblor.  Añora aquel galán que la cortejó en la noche, podría haber sido una buena prenda para calentar su cuerpo mientras espera esa lancha que la lleve a su destino rutinario.  Ya la ciudad se despereza y ella quiere clausurar sus ojos.   Anhela el calor agobiante del encierro y desea creer las palabras que ese hombre susurro-gritó en su oído, mientras su sangre cobraba vida propia.  Sus telas danzan al ritmo del viento húmedo cargado de oraciones que llegan desde la Iglesia, que se hace notar a campanazos.  Se sacude mentalmente, trata de acelerar los minutos para que el vehículo que la trasporte llegue a esta orilla.

Otro cigarrillo y es el último, observa a su alrededor el resplandor del día que se refleja en el agua y su cara maquillada empieza a decaer, como su fuerza, como su convicción, como las ganas de volver a ese sitio cuando una nueva semana muera.  Sus ojos se han agrandado,  a pesar de estar pequeños, mientras de sus lagrimales se desprenden simulacros de gotas negras que van marcando su carita pálida y helada.  Sus manos sostienen el dinero, el cigarrillo y un alud de esperanzas que se van escapando como agua de entre sus dedos tiesos y finos.  Trata de controlar el traqueteo de sus dientes y muerde su adormecimiento onírico volviendo de mármol sus facciones de ángel apabullado.

Un par de muchachos bien vestidos esperan en el muelle junto a una enfermera enferma que sale de trabajar y que expresa en quejidos su dolor, mezclado con el cansancio que le regala servir a los demás sin tiempo para su propia medicina.  Una pitada más y se acaba el pucho, larga la última bocanada de humo con fuerza, mientras esquiva las miradas compasivos-maternales de la enfermera y deseosas-lujuriosas de esos hombrecitos.  El sol asciende indecoroso, mostrándola aún más cansada, más abrumada, perdida en pensamientos autoflagelantes que desgarran su cabeza y la hacen perder el equilibrio.  Se siente morir, sufre su propia decadencia y se odia por compadecerse de si misma.

A lo lejos ve partir la lancha, por un momento agradece esa maniobra y levanta un poco la cabeza, todos se paran, murmuran.  El transporte amarra al borde del muelle y apresura sus pasos fríos para subir.  El interior de la barcaza le resulta acogedor, música suave, algo de calor, sutil pero calido ambiente.  El motor comienza a funcionar y apoya su frente al vidrio sucio de huellas digitales, quiere cerrar los ojos, pero el río la hipnotiza y no puede dejar de mirarlo.  Ruega que ese viaje sea eterno, pero no lo es y las cuerdas vuelven a sostener al pequeño navío viejo a la estructura de madera carcomida por el agua y los años.

Camina esos escalones y entrega sus últimas monedas transpiradas, que se han marcado en la palma rojiza de su mano izquierda, para poder atravesar ese molinete frío.  El verde la invita a caminar y comienza la vuelta aletargada, sortea algunas estatuas blancas, y las empinadas calles le resultan tortuosas.  Su sombra va durmiéndose, mientras sus ojos conjugan el verso más doloroso, como una triste canción de cuna.