viernes, 19 de octubre de 2012

Anhelo.


Y su rostro se reflejó con las primeras luces del  otoño, su rostro fino, cálido, lleno de años largos que pasan sin siquiera dejar un rastro fijo.  El tiempo era sólo eso, tiempo, una conjunción de sílabas que no le decían nada, que no obraban cambios, que no le dejaban ver su magnitud.  El tiempo era sólo eso, algo abstracto que no era nada, algo efímero que no tenía razón de ser, porque él no envejecía.  El tiempo era una brisa ante sus ojos, algo que sólo pasaba, sin volver atrás, pero él amaba esa brisa y la deseaba, él quería que ese soplo se transformara en viento, uno de esos vientos bien fuertes que lo arrastrara al más allá, más allá de las colinas y de los bosques.  Él quería dejar atrás la tranquilidad de los ríos, el cantar permanente de las aves y el dorado otoño que se ceñía sobre sus tierras.

Sus ojos celestes comenzaron a perder la tonalidad fulgurante que los destacaba por entre muchos otros pares de ojos,  ya la luz que irradiaban se volvía tenue y hasta, en algunas ocasiones, desaparecía por completo.  Él supo tener unas hermosas manos hábiles, que podían transformar una tosca piedra en una joya resplandeciente, hoy, después de muchos quehaceres bienhechos, se sentían pesadas, querían descansar, querían dejar de presenciar edad tras edad, querían permanecer en un solo sitio, querían endurecerse como esa tosca piedra.  Su boca era de la misma sublimidad que el resto de su cuerpo, de ella podían salir las más hermosas palabras, los más  gloriosos cánticos, que podían hacer volar la imaginación tan lejos que costaba tiempo regresar y volver a entrar en razón.  Pero ya no tenía ganas de hablar ni de cantar. 

La melancolía había inundado cada centímetro de su alma, pero el tiempo era algo con lo que él no podía contar para disminuir su nostalgia.  Él había estado rodeado por su gente durante toda su larga vida, era amado y respetado por toda la sabiduría que poseía y que en otros tiempos profesaba con alegría y dedicación, hoy deseaba la soledad, caminaba solo por la orilla del río, alejándose de esa gente con la que había pasado todos los años de su vida, sus pies ágiles lo llevaban lejos, pero nunca acostumbraba a partir más allá cuando el atardecer empezaba a teñir las tierras, el rosado crepúsculo le regalaba tranquilidad a su alma inquieta. 

Su voz era la más dulce amalgama entre belleza y armonía, el mundo enmudecía de sólo oírle hablar. Cuando reía, la tierra también lo hacia y cuando de sus ojos llovía, la tierra también se mojaba de tristeza,  pero ahora de su voz sólo salían angustiosos lamentos y cada ave de su tierra lo acompañaba piando una melodía acongojada.  Los árboles se inclinaban a su paso brindándole sus hojas para secar las lágrimas amargas que nacían desde su corazón, y con ellos hablaba, y les contaba sus pesares, pero el bosque no entendía su necesidad de soledad, estos añoraban la compañía, es por eso que brindan sus brazos a los pájaros para sentirse de alguna manera acompañados. 

Y así, con todo ese abatimiento se encaminó hacia el mar una majestuosa noche estrellada, bañada por una luna creciente que se reflejaba en el océano y caminó hacia la eternidad con pasos seguros, con la determinación de un rey, dejando huellas sobre la arena mojada que la brisa, más bien el viento iba borrando detrás de él. 

De a poco su cuerpo fue desapareciendo en el horizonte azul que enmarcaba su mar, respiro por última vez  tratando de tragar toda su vida, y siguió avanzando.  La sal se hacia sentir en su nariz, pero no se sentía agobiado, no se sentía ahogado, sólo esa horrible molestia en sus fosas nasales, medio caminaba medio nadaba.  Tuvo miedo de abrir los ojos, se sintió pequeño ante la inmensidad que representaba esa masa de agua.  Pero no se detuvo, siguió viaje, pensando que era el paso previo al descanso eterno, pero se equivocaba, todavía estaba vivo, podía abrir los ojos y experimentar el frío que entumecía su carne a medida que el océano se hacia más oscuro, más profundo. 

La desesperación carcomía su interior, no aguantaba estar con vida todavía, de a poco empezó a enloquecer pero no detenía su andar-nadar. Recorrió quién sabe cuánto tiempo, cuánta distancia, siempre con la idea de morir, pero le era imposible hacerlo, lloraba ante la impotencia, gritaba mientras miles de burbujas se estancaban en su garganta y desaparecían por sobre su cabeza.  Ansiaba ver su sangre desparramarse y teñir las porciones de océano que iba surcando, pidió piedad, pero no encontraba ninguna señal, nadie podía deshacer su sufrimiento.

Iba despedazándose merced de la sal, del contacto permanente con el agua. Ya no tenía belleza, su carne color azul se mimetizaba con su nuevo ambiente,  ya no tenía manos, no podía sentir su rostro, pero su mente seguía procesando toda esa detestable información.  Sus piernas inútiles ya, habían desaparecido, al igual que su pelo, que sus ojos.  Y de a poco, cada centímetro de él era devorado por el mar, por sus entrañas. 

Y luego ya no era nada, solamente su conciencia, su voz que no surgía de ninguna garganta y esa mirada oscura que no nacía de ningunos ojos.  

Todavía anhelaba morir, pero cómo suicidarse si no era más que su propia imaginación.

jueves, 7 de junio de 2012



Desahogo ideas austeras pero perennes, las lágrimas simulan pétalos  partidos y deshechos por el tiempo siniestro y en ellas mi pasado se vacía, me vacío.

Busco un destino diferente, una quimera incierta plagada de dudas místicas.  Los ojos hablan por si mismos, interpretan el bombeo continuo de una cabeza que parece aleatoria en mi cuerpo, como una pieza azul que no encaja en el puzzle de un infierno grisáceo.

Cada gota contiene un trozo de un alma que se me antoja grosera.

Voy mezclándome con el salado sabor del llanto inoportuno.  Y comienza a opacarse el campo y llego al clímax del abatimiento.  Siento esa voz en off que salta sobre mi cerebro haciendo que el agua manchada de negro recorra el solitario paraje de ese rostro que no es mío, porque ese espejo miente, creando una falacia para que yo crea que lloro, pero sé que no lo hago o quizá si.

El pecho manchado de mí.

Me diluyo y absorbo simultáneamente, cada gota arrastra un trozo de carne imaginaria y de a poco lo que supo ser cara no es más que un hueso liso, una perfecta armonía de dureza, pero ya sin vida.

                  Tanto dolor contenido en tan escaso espacio.

Junto esas secreciones y creo un ser acuoso indefinible, amorfo, salado y destructor como el más potente de los ácidos, pero mío, por sobre todas las cosas, con una anatomía atómica exacta, una copia fiel de mi desengaño, de mis dudas y temores, una réplica precisa del dolor momentáneo y del eterno.

Entonces en un acto arrebatado, bebo celosa cada gota, sin que se derrame el mínimo contenido de mí.  Y vuelvo al equilibrio desequilibrado de mí estar ausente, de mí estar sin ser, sin sentir más que a pequeños seres inanimados dotados de la capacidad de hacerme sentir estúpidamente viva.

martes, 17 de abril de 2012

Crónica de una sacudida no anunciada.


Siguiendo la tradición que impone la cultura a las personas mayores, (con esto hablo de cenar con las gallinas e ir a la cama con el primer lucero) abandoné la vigilia para entregarme a los brazos de Morfeo antes que el reloj marcara la hora en que los hechizos se rompen. Como de costumbre, y por costumbre digo repetición Ad Eternum de conductas diarias, puedo decir, que mientras cepillaba mis dientes iba preparando mi cabeza, para que al primer contacto con la almohada, se dejara llevar a Oniria. Y así sucedió, como todos los días, calota en la almohada, sueño seguro. 
Habiendo pasado apenas 50 minutos de mi huida del "mundo de los despiertos", siento una mano convulsiva tratando de traerme de nuevo a la realidad, al susurro de: "Ha temblado, y fuerte". Volviendo de a poco a la tan inoportuna vigilia, respondo: "No, nada que ver, deben haber sido las perras y esa costumbre tan propia de ellas a ser sutiles per se". "¡No, no, ha temblado -dijo de nuevo- se movió todo, se escuchó un ruido y nada dejó de moverse durante interminables segundos!, no te duermas, voy a investigar -proclamó al momento que tomaba su celular y con movimiento rápido de dedos llegaba a la fuente fidedigna de información. -Te dije -exclamó- el epicentro fue en Valp..... Su voz iba haciéndose cada vez más lejana y menos audible.
Con la parsimonia que me caracteriza y no pudiendo nunca separarme de ese estado de estupor que causan los sueños profundos, dije: Bueno, si vuelve a temblar, despert.... Y antes de terminar la frase ya estaba nuevamente saltando y cantando en Wonderland.

Moraleja: Puede pasar un tren por mis flancos, un huracán por mi ventana y un temblor por mis cimientos, que si estoy dormida, nada importa.

viernes, 13 de abril de 2012

¿Vuelve el polvo al polvo?


Huellas aéreas, lastimoso y vil recuerdo de una vida no vivida, de un pasado que sigue repitiéndose como una secuencia obtusa.

Un funeral para los minutos que se desgranan, una cama de hospital para esos días que no vuelven sino en dolores.

El Alma subyace sometida por el gesto cruel de un Adiós no pronunciado, permanece seca, encerrada, rezagada en un desván mental que la ridiculiza y minimiza a proporciones exageradas.

¿Cómo pude sufrir  tanto? Preguntaba Alma, mientras sus dedos modelaban figuras infantiles en barro que luego el tiempo disolvía.  ¿Vuelve el polvo al polvo? Se decía, al momento que de su boca asomaba un acceso de tos que espolvoreaba la sala de un marrón casi mágico.  

Alma sentía los ojos cada vez más pesados, las manos cada vez más torpes y el corazón cada vez más liviano, más libre.  Evitaba caminar, se conformaba con bajar los párpados y soñar sin lastimarse los brazos, porque ya casi no había sangre tras su piel cada vez más dura. 

Lloraba terrones de dolor que iban marcando profundamente las capas de carne, carne que parecía maquillaje grosero y burlón, como una máscara festiva que representaba al teatro, pero sin la comedia, sin siquiera una nimia manifestación de sonrisa, hasta su antifaz había sido inundado por el drama.  Y cada vez que la tristeza se apoderaba de Alma su fisonomía se iba tallando, marcándola con surcos terrosos.

Las mañanas eran tan oscuras como las noches.  La rotación de su espacio ya no significaba día y noche y las fases lunares vivían en su imaginación y hasta podía escuchar, si se lo proponía, el aullido lejano de algún lobo, y de esta manera recordar la luna llena.  El sol era un recuerdo sutil y tan lejano como el frío… como  el calor.  ¿Pasaba el tiempo para Alma? Seguro, pero sus ojos chocolate no le permitían verlo.

La sombra moribunda inundaba cada vez más las grietas, que el viento y la soledad marcaban en Alma, que se volvía cada vez más pequeña, más desgastada.  Solía imaginarse radiante, joven, llena de una esperanza que hoy era aleatoria y azarosa y en ocasiones utópica.

Alma sentía un vacío pesado que ocupaba su vacío, pero se sentía de piedra, visualizaba y hasta podía palpar sus pensamiento y deseaba no hacerlo, para que su cabeza se librara del suplicio de sentir como una idea, al igual que una mole, iba surcando su cerebro, sumiéndola en un dolor agudo, un dolor inexplicable que la retorcía aún más.

Ya en un rincón, Alma, con los ojos perdidos,  cantaba un Réquiem en honor a su cuerpo entumecido, a sus arterias secas, a sus músculos duros, a su pelo ya petrificado y carente de vida que la unía al ángulo de la pared que contenía su espalda.  Canta y sufre, canta y siente sus palabras macizas chocando contra el suelo, despedazándose en sílabas, luego en letras, para terminar espolvoreándose por el aire, envolviéndola en una secuencia de lágrimas no lloradas y una fina nube del color de la tierra seca.

Alma no comprendía su desdichado destino, se dejaba morir mientras la fe se le escurría, mientras más angustia y soledad la volvían tangible.  Si tan sólo hubieran reparado en ella, si quizá alguien recordara que en un momento fue necesaria, si el Cuerpo que la contenía no hubiera abandonado la vida.  Hoy ambos morían lentamente, siglos pasaban para Cuerpo y Alma en segundos mortificantes. 

De repente, sangre corrió, Alma ya no tenía escapatoria, la carne moría y la arrastraba a ese abismo oscuro.  La Parca se acercaba sigilosa a su desván.  El retumbar que le proporcionaba ese latido lejano había cesado y por un momento eterno se sintió liviana, como al momento de nacer.  Las luces se encendieron y Alma bajo la cabeza, sonrió  por última vez, desgarrando la dureza de su cara y como aquellas figuras que ella misma tallaba, estalló en partículas de polvo, respondiendo así a su propia retórica.

martes, 13 de diciembre de 2011

El mendigo


Mil dolores se conjugan con la tierra aún húmeda por las lágrimas de aquel mendigo del tiempo, que se arrastra compungido, deshojando flores negras que se agolpan a los pies de esa estatua derruída y oscura que representa la vida.

Una vez más la tierra pare bocas, dedos, mentes y algún que otro corazón.  Una vez más la tierra escupe formas ininteligibles, silenciosas, cada vez más muertas.  Y todos con alegría se jactan de sus macabras creaciones.

El sol, a las doce en punto, me priva de la gracia de las sombras transeúntes, de las sombras casi quietas y de las inmutables.  El sol en lo alto, sacude con cientos de manos mis ojos cansados de luz.
Cómo no prolongar noches eternas…

Y siempre hay ruido.

Siempre miles de colores.

Siempre gente riendo
          andando.

Siempre sabia,
                   agua
                   y hojas caídas. 

Siempre el amor,
                   la soledad,
                   el fuego. 

Siempre el papel
                   y el lápiz,
                   la hora
                   y el mendigo del tiempo regando la tierra húmeda de sus propios llantos.

Me pierdo siguiendo la trayectoria de una pelusa que planea millones de vueltas sin un parámetro fijo para perderse entre la incertidumbre del follaje enmarañado de ese árbol inmutable por el destino incierto.



Y todo sigue un curso empírico, como si el destino se desdibujara a cada segundo para volver a ser decodificado en símbolos efímeros y el ciclo continua enésimas veces, imperceptible a las sensaciones personales.

Un cigarrillo mal apagado, el vuelo rasante de palomas, de gorriones, el sutil sonido del papel que cambia constantemente de posición rozando el césped casi verde mágico, las miradas perdidas, las palabras encontradas y el mendigo sublime del tiempo salmodiando pesares, hacen de la escena, el mejor collage amorfo de la caída simbólica del encanto.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Cielos


El vacío crece como la gota que cae incesante
Y el clamor ahogado de las risas
Perturban el silencio de la calma.

Circo de sombras tatuadas en la pared,
Vicio mundano de noches de insomnio.

La retórica de las palabras fluye
Y el sabor a sangre en la boca
Alienta una rebelión intracorporea.

Humillante es la luna en las alturas,
Tenue palidez fantasmagórica
Que con sus ojos ciegos nos miente verdades inconclusas.

Negra noche, negro sol,
Celos mortecinos y grávidos
Que taladran el vaivén de mis párpados.

Pompeya se hunde en el mar,
La Atlántida se baña de cenizas.
Crisis incontenible, cataclismos olvidados.
Hoy, quietud que antecede al caos.

Malograr de palabras,
Malabarista manco
Que juega con fuego a mis espaldas.

Cambiar de posición,
Morder el lápiz,
Transmutar el alma a un ave.
Ruido burbujeante en el cerebro,
Y agudo grito de dolor.

Puertas pesadas,
Golpe seco,
Vibración y sobresalto de pupilas.
Y tal vez un cementerio,
Callado y macabro paraje
Digno de los Dioses.

Sucumbir,
Resquebrajarse,
Desfallecer
Para volver a morir  silenciosamente
En el retorno eterno
Y la duda primordial.

Siempre el vacío,
Siempre el como comienzo y fin.


martes, 18 de octubre de 2011

Oniria


La noche había comenzado temprano para ella, ya no quería esperar el silencio cubriendo las cortinas que la separaban de esa ciudad fría y muchas veces vacía.  Intentaba dormir para no torturarse, dormir la liberaba de las palabras que no podía pronunciar, el sueño transformaba sus lágrimas en viajes, en besos y eso era exactamente lo que necesitaba.  Respetando a rajatabla su lugar en la cama, (no vaya a ser que se perviertan los aromas que dejó su amante antes de partir) se arrulla bajo las sábanas azul marino y acomoda sus formas que se comprimen ante el peso de la ropa de cama que utiliza para hacerle frente a las bajas temperaturas. 
Suavemente y casi como en un rito silencioso, acaricia con la palma de su mano izquierda, la porción vacía de su lecho que se abría fría, como una puñalada en su alma.  Aún podía sentir las formas, sus dedos aún podían recorrer sistemáticamente la piel que dejo, una vez más, antes de partir.
Los ruidos en la casa se concatenaban con las personas que ella abrigaba, parientes de lejos, niños jugando,  traqueteo de cubiertos y risas... justo lo que no tenía planes de oír.  Quería silencio, el silencio infinito de párpados clausurados que uno mismo se proporciona, altruista.  Silencio y oscuridad a veces mentirosa.
Dormitaba a intervalos regulares, como un reloj de arena de sólo unos pocos minutos rápidos y una vez más los ojos abiertos colmando de sal las llagas de ausencia que plagaban su piel tersa.  Una vez más los párpados retraídos y las pupilas clavadas en las imperfecciones de un techo que se le antojaba cada vez más alto.  Fijos sus ojos en las grietas tan profundas como místicas, analogando incontables veces los surcos hasta la boca que iban marcando sus lágrimas, lágrimas nocturnas, secreciones tan dolorosas que sentía como ácido y por esa causa sólo las dejaba salir cuando no era presa de miradas.
De a una, las luces se fueron extinguiendo, como las voces, como los ruidos.  Pero sus tendones seguían contraídos y su mente seguía creando imágenes que se iban derritiendo para gestar impresiones nuevas en ciclos, que podía medir siguiendo el bombeo continuo y agitado de su corazón, que además sentía expandido por todo su cuerpo que latía  al unísono.  En su cabeza algunas canciones se iban mezclando, creando poemas nuevos que no podía recordar, y deseaba satisfacerse con el néctar de Morfeo o con una ruta angosta bajo sus pies.
Sintió que sus sentidos se aguzaban proporcionalmente a las vueltas que su cuerpo daba, sometiéndola en el suplicio de sentir el frío y la grandeza macabra de la cama que se extendía a proporciones exageradas.  Sus extremidades se hacían notar en temblores y las imaginó cianóticas, sentía que su sangre se condensaba en el pecho y la calota, elevando la temperatura de su corazón y del cerebro, órganos que combinados con el insomnio, eran la dinamita exacta para hacer estallar la razón.  Todo a su alrededor crujía imprudente, las maderas, el concreto, las ventanas azotadas por vientos del océano y hasta sus huesos y dientes, haciendo más audible el silencio pesado que ya a estas alturas reinaba.  Tal descubrimiento golpeó sus oídos, provocándole un mareo prolongado.
Tuvo miedo de estar dormida, ese sueño ya  no le gustaba y quería despertar, pero a su alrededor todo era demasiado vívido y desterró la idea de estar sumida en un cóctel ansiolítico. 
Su cuerpo se iba alejando de ella, desprendiendo de esta manera las conexiones de control que tenía sobre él, dejando palpable solamente a sus pensamientos vigorosos.
Con extrema fuerza de voluntad y poniendo en juego hasta el amor propio, pudo por fin llevar su mano hasta la cara, cubriéndola, tratando de conversese de que no estaba ahí formando un escudo de carne contraída, contra esas entidades indeseables.  Y pudo darse cuenta, gracias a esta maniobra, que aún conservaba sus ojos cerrados.  Por entre sus dedos helados, los abrió lentamente, temiendo encontrarse con una luz humillante, pero sólo encontró más oscuridad, cero luminosidad pero ante todo más real, por eso decidió volver a cerrarlos y tratar de brindarle un poco de calor a sus dedos, por lo que los puso sobre su pecho galopante.  Hizo lo mismo con los derechos y se sintió oprimida por sus propias manos, pero la reconfortaba la calida sensación que se desparramaba por sus brazos.
Y así se fue despidiendo del poco control que tenía sobre si misma, y cayó dormida en los ya designios del inconsciente, dejándose llevar por caminos impensados, pensados por nosotros para que los disfrutemos si es que nos permitimos recordar. 
Entonces sus visiones de párpados cerrados comenzaron.  Se vio caminando al amanecer, cubierta por sus sábanas azules, por una senda marcada a fuego en un contexto solitario, ella pensó que en demasía, y se sintió sola.  Pero siguió rumbo, atravesando la nada que se abría en todos los puntos cardinales, siempre descalza, siempre con su capa color mar, siempre con la idea de llegar a ese punto que desconocía. 
Y comenzó a sentir su paso lento, aletargado, hasta casi doloroso y fue el momento en que cayó en la cuenta de que su sangre se iba quedando en el camino, sintió su convicción caer a deseo, para luego terminar en añoranza lejana.  Ya no podía caminar, no le quedaba energía ni fluido vital  y su cuerpo se desplomó a la vera de la ruta, todo olía a su amante, hasta su propia piel y el llanto fue incontenible, mojando absolutamente todas sus telas, colmándola de frío. 
El sufrimiento no decaía, quería mirar el cielo.  Al alzar la vista pudo ver a su espectro parado a su lado, con expresión seria, mirándola directamente a los ojos, reprochándole sin palabras.  Hubo un parpadeo prolongado y después la última mirada, todo se disolvió como un castillo de cartas.  Y volvió a la profundidad de su cama, en la misma posición faraónica en la que se había dormido.  Se movió desestructurando a su cuerpo rígido, y trató de recordar por donde había estado hasta hace unos momentos, pero ni una sola imagen se proyectó en su memoria, se dio cuenta, por sus suspiros, que había estado llorando, lo peor de todo es no recordar el por que. 
Por sus párpados se dejaba entrever una casi insignificante luz que provenía de una llamita que toda las noches quedaba prendida.  La suavidad naranja que veía sin ver, la sedujo y parsimoniosamente fue abriendo los ojos.  Cuando la oscuridad se disipó totalmente y distinguió la silueta de algunos de sus muebles, una figura se entrecortaba entre sus ojos y la pared, se masajeó sutilmente los ojos para aclararlos, no entendía por qué alguien velaba sus sueños. 
El descubrimiento fue pavoroso, ella misma se miraba desde el borde de su cama, los años habían obrado en su fisonomía fantasmal, su cabello era largo, y sus ojos estaban hundidos.  Un olor casi nauseabundo se expandía por toda la habitación y todo encajaba junto con el fueguito, a intervalos azules y naranjas, para fomentar el pánico que sentía como escalofríos en su anatomía.  Cerró los ojos, en posición fetal acomodó su cuerpo y lloró hasta no sentir más frío. 
Había recordado su sueño.